LA IDA AL SUPERMERCADO

Definitivamente, una de las cuestiones más problemáticas de la vida en pareja es lisa y llanamente, la ida al supermercado.
Y si no creen en mi palabra, acá va una simple demostración cotidiana de la disputa supermercadística. Claro está que, cualquier similitud con la realidad, no es pura coincidencia.
Supongamos que durante algunos días garabateaste en ese anotador atestado de recordatorios, los ítems a adquirir en la compra del mes.
Supongamos además que en ese listado, incluíste aquello de “necesidad y urgencia” pero dejaste un margen para compras de último momento.
Supongamos que él llega del trabajo algo extenuado y te comenta al pasar que quiere ir a cenar con los chicos. Supongamos que vos le pedís que ese viernes no vaya, porque no te queda comida en la heladera y hay que ir al súper. Supongamos que él no se hace rogar, por lo que no tendrás que explicarle el rol del marido perfecto. ¡Punto a favor!
Supongamos ahora que vos, él, bebé de un año y nena de cinco, suben al auto.
El Paseo comienza bien, al punto de que van todos cantando al unísono al ritmo de “vamos de paseo…pipipi…” para entretener a los más pequeños. Hasta ahí, vida familiar deseada. Otro punto a favor.
Sin embargo todo cambia ni bien cruzan la barrera de alarmas del ingreso al supermercado.
La nena toca todo lo que no debe tocar, a él le da lo mismo porque está decidiendo qué vino llevar. El bebé grita y vos, haciendo malabares, te las arreglás para ir adquiriendo aquello que estaba pactado.
Supongamos que en un momento dado, advertís en la góndola de perfumería, esa hermosa crema limpiadora de la que tanto te habló Sofía, tu mejor amiga. Supongamos que, en el medio del quilombo que están haciendo tus hijos con los jabones (tres estantes más abajo) te llevás la crema.
Supongamos que él sigue paveando con los vinos y vos estás lista y comenzás a buscarlo deseperada porque querés terminar con aquel suplicio que está durando más de dos horas reloj.
Supongamos que lo encontrás y en lugar de pronunciar todos los insultos posibles empezando por boludo, te quedás en el molde y con una sonrisa en la cara, le pedís que se dirijan cuanto antes a la caja.
La cajera, como suele suceder, ni los saluda y comienza su tarea compulsiva de pasar por la maquinita cada uno de los productos.
Curiosamente, el último que encontró en la cinta fue la crema. Él pregunta cuánto sale. La muy yegua de la cajera le dice que cuesta novena y ocho pesos con noventa y nueve centavos (basta de los noventa y nuevo por favor!!!)
Supongamos ahora que él te mira enojado y comienza a negarse, vos le recordás que no tenés crema de limpieza, que la edad, que las patas de gallo, que la vida… Él continúa negándose. Atrás, en la cola, un millón y medio de almas esperando para abonar su compra del mes. Él amenaza con abortar la misión supermercadística y volver a casa, pero vos le decís que haga lo que quiera pero que a la cremita te la llevás de todas formas. Él sigue con la disputa esgrimiendo sus razones. La cajera comienza a sentir un instinto de asesinato que quisiera llevar a cabo con ustedes dos, pero en lugar de hacerlo, les pregunta cada dos segundos si llevan la crema en cuestión o no. Vos volvés a explicarle, a los gritos, que es una cuestión de necesidad y que evidentemente él no lo entiende.
La Sra. que está detrás de ustedes en la cola, comienza a insultarlos y a recordarles que no están de paseo y que siguen pasando los minutos mientras ustedes deliberan si hacen la compra o no.
La cajera sigue queriendo escapar del asunto y continúa con deseos de asesinarlos. Él grita, vos gritas, tu hijo comienza a llorar asustado y tu hija hace estragos con los productos embolsados. Él, enervado, saca su tarjeta de crédito y paga la compra de mala gana recordándote que van a hablar de este tema en su casa.
Se suben al auto indignados. Él bebé sigue llorando y la nena ahora también llora.
Así vuelven a casa, enojados, malhumorados y con toda la bronca del mundo capaz de entrarles en sus cuerpos.
Ni bien llegan, él anuncia que se irá de todos modos con sus amigos porque no quiere ni verte. Así comienza el fin de semana. Así termina.
Cuando por fin probás el producto asumís que es idéntico al que venías utilizando sólo que tres veces más costoso. Pero no se lo decís. Jamás asumís que el Marketing, la necesidad compulsiva de comprar, la opinión de Sofía y en definitiva, la maldita ida al súper, está complicando verdaderamente tu vida marital.

Por Julieta Gáname (Texto publicado en el suplemento "Mujeres al día" del diario Día a Día - Sábado 06 de Marzo de 2010)

3 comentarios:

belen c dijo...

muy buenooooooooooo!!! muy realll jajaj exc!

Anónimo dijo...

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